VALOR PÚBLICO
CACERÍA DE BRUJAS DEL PUEBLO TIGRE
POR: DAVID PÉREZ CALLEJA
El aroma del incienso que
se utilizó en la ceremonia de ascensión del místico mesías neo-milenial, procedía
del patio central del Palacio Nacional y sería insuficiente para cubrir el
deprimente tufo de miles cuerpos humanos que la neo-inquisición del Tigre había
catalogado como miembros distinguidos de “la mafia del poder”. En un solo día,
aquellos seres irredentos ardieron en las enormes hogueras colocadas en la
plaza de armas de la gran ciudad y devorados por el fuego fueron reducidos a
cenizas. El terrible espectáculo de la cacería de brujas generó el aplauso de fanáticos
que coreaban con “vivas” a los jueces de consigna designados para resolver una
condena a los homicidas de la patria. Fue sumario el juicio popular, y por
supuesto sesgado, un proceso judicial amañado de confesión cruzada y muy
conveniente para satisfacer la sed de sangre de un pueblo inmerso en locura
errática de intolerancia, una masa hipnotizada y frenética que coreaba las
condenas dictadas a los jueces por el nuevo Tlatoani y deliraban frente a la
pira de fuego que consumía la preciosa ofrenda humana para calmar la ira de sus
dioses paganos. Así, en un sólo día, se había consumado la persecución de los
críticos del falso sacerdote. Aunque, a decir verdad, los más importantes
integrantes de la secta “mafiosa” condenada al fuego, habían logrado escapar del
ardiente destino al mocharse con una ostentosa aportación financiera entregada
en efectivo a recaudadores del nuevo reino; en adelante, con ayuda de sus
antiguos socios, los principales mafiosos se convirtieron en grandes aliados del
oscuro juego del poder absoluto. Mientras tanto allá, sobre la plancha de
concreto que cubría la antigua plaza de los sacrificios, la alegría prejuiciosa
de humanos transformados en zombies sedientos de sangre se podía adivinar por
la iluminación que, ante el feroz acontecimiento, reflejaban sus rostros
mientras levantaban sus puños a los cielos, una y otra vez, cantando “aleluyas”
en señal de aprobación. Los sacerdotes que instituyeron aquel día la cuarta era
del poder en la tierra de Jaguar, renovaron la tradición del sacrificio humano
para conducir, mágicamente, la ignorancia del pueblo Tigre. Desde la cumbre del
templo principal de sus antepasados reducidos a ruinas, la curia sacerdotal sonreía
satisfecha de su mayor obra; y postrados de rodillas con el rostro agachado
entrelazaban sus manos y rendían tributo a su guía superior convertido en dios.
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