sábado, 30 de junio de 2018


VALOR PÚBLICO
CACERÍA DE BRUJAS DEL PUEBLO TIGRE
POR: DAVID PÉREZ CALLEJA
El aroma del incienso que se utilizó en la ceremonia de ascensión del místico mesías neo-milenial, procedía del patio central del Palacio Nacional y sería insuficiente para cubrir el deprimente tufo de miles cuerpos humanos que la neo-inquisición del Tigre había catalogado como miembros distinguidos de “la mafia del poder”. En un solo día, aquellos seres irredentos ardieron en las enormes hogueras colocadas en la plaza de armas de la gran ciudad y devorados por el fuego fueron reducidos a cenizas. El terrible espectáculo de la cacería de brujas generó el aplauso de fanáticos que coreaban con “vivas” a los jueces de consigna designados para resolver una condena a los homicidas de la patria. Fue sumario el juicio popular, y por supuesto sesgado, un proceso judicial amañado de confesión cruzada y muy conveniente para satisfacer la sed de sangre de un pueblo inmerso en locura errática de intolerancia, una masa hipnotizada y frenética que coreaba las condenas dictadas a los jueces por el nuevo Tlatoani y deliraban frente a la pira de fuego que consumía la preciosa ofrenda humana para calmar la ira de sus dioses paganos. Así, en un sólo día, se había consumado la persecución de los críticos del falso sacerdote. Aunque, a decir verdad, los más importantes integrantes de la secta “mafiosa” condenada al fuego, habían logrado escapar del ardiente destino al mocharse con una ostentosa aportación financiera entregada en efectivo a recaudadores del nuevo reino; en adelante, con ayuda de sus antiguos socios, los principales mafiosos se convirtieron en grandes aliados del oscuro juego del poder absoluto. Mientras tanto allá, sobre la plancha de concreto que cubría la antigua plaza de los sacrificios, la alegría prejuiciosa de humanos transformados en zombies sedientos de sangre se podía adivinar por la iluminación que, ante el feroz acontecimiento, reflejaban sus rostros mientras levantaban sus puños a los cielos, una y otra vez, cantando “aleluyas” en señal de aprobación. Los sacerdotes que instituyeron aquel día la cuarta era del poder en la tierra de Jaguar, renovaron la tradición del sacrificio humano para conducir, mágicamente, la ignorancia del pueblo Tigre. Desde la cumbre del templo principal de sus antepasados reducidos a ruinas, la curia sacerdotal sonreía satisfecha de su mayor obra; y postrados de rodillas con el rostro agachado entrelazaban sus manos y rendían tributo a su guía superior convertido en dios.    
Email; davidperezcalleja@gmail.com,  Twitter davidperezcall1



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