VALOR PÚBLICO
COPAS DE ORO LLENAS DE INCIENSO
POR: DAVID PÉREZ CALLEJA
Oraciones multitudinarias
hacían eco de las opiniones que a través de infinidad de medios de información
surgían las veinticuatro horas del día. La postración que mostraban los
electores frente a los pórticos de las casillas dolía. El murmullo de
pensamientos y las palabras que los fieles expresaban, era tan inaudible que contrastaba
con la rudeza del roce sus rodillas temblorosas que al andar parecían taladrar
las piedras pulidas de los patios. El acceso al umbral era lento, pesado, duro;
sus paredes empedradas y sus rejas en las puertas lucían obstáculos y anuncios incontables
con frases insulsas que ofendían la inteligencia. Había miles de mensajes de
tamaños y colores diversos, por lo general, repletos de mentiras manipuladas y
creencias falsas que bien podían haberse clasificado como ilusas; sin embargo,
en las mentes de los fieles no había ninguna prisa, todo indicaba que el
decreto del dictador tenía que cumplirse, tarde o temprano la prometida amnistía
pronto sería una realidad y con desbordante alegría de sus familias, los
homicidas, secuestradores y violadores de mujeres indefensas, obtendrían su
libertad en la república amorosa, a cambio de la promesa de portarse bien. Alrededor
de aquellos fieles con mentalidades confusas, un ejército de ángeles se
organizaba para resguardar las columnas, la bóveda y los techos del lugar
santo. No muy lejos de allí, una brigada de viejos demonios que andaban sueltos
con sed de venganza, merodeaban y desgarraban sus vestiduras, al tiempo que sus
manos cubrían los ojos de los seguidores y, con gran celo, vigilaban su paso
por el umbral de las decisiones. La lucha en los templos de la sabiduría
parecía desigual, los viejos conceptos, del bien y el mal, habían sido
reclasificados; lo que la tradición había conocido por siglos como bueno, hoy
era lo malo y el viejo concepto de lo malo ahora se promovía como bueno. El
incienso, con su aroma que como nebulosa surgía del fondo de la copa, no era suficiente
para cubrir la superficie de aquél recipiente que no parecía tan grande. El oro
había perdido su valor, el delicado perfume que se desprendía de él, ya no
parecía digno de reunir la experiencia de los sabios; el engaño del cobre
inundaba las miradas de los seres que abandonaban sus credos para hincarse a
los pies de antigua doctrina de la equivocación.